Una reflexión ciudadana sobre elecciones, soberanía y el derecho de las naciones a decidir su propio destino sin presiones extranjeras.

Hoy Brasil celebra elecciones. Millones de personas acuden a las urnas para elegir presidente, gobernadores, senadores y representantes legislativos.

Luiz Inácio Lula da Silva ya emitió su voto. También lo están haciendo ciudadanos con ideas muy distintas: personas de izquierda, de derecha, de centro y muchas otras que no se reconocen en ninguna de esas clasificaciones.

Pero, por encima de los candidatos y de los partidos, existe un protagonista mucho más importante: el pueblo brasileño.

Las elecciones le pertenecen a la ciudadanía

Una elección no debe decidirse desde un palacio extranjero, una oficina corporativa, una operación encubierta ni una campaña financiada con dinero cuyo origen se desconoce.

Debe decidirse en las urnas.

Ningún gobierno extranjero —sea Estados Unidos o cualquier otra potencia— tiene derecho a intervenir para favorecer a un candidato, castigar a otro, sembrar miedo, financiar campañas ocultas o condicionar la voluntad de una nación.

La soberanía no cambia de significado dependiendo de quién resulte beneficiado. La intervención extranjera es inaceptable tanto cuando favorece a la izquierda como cuando ayuda a la derecha.

Investigar sin inventar; vigilar sin manipular

También debemos ser responsables.

Hablar de una posible intervención extranjera exige pruebas, investigaciones y transparencia. No podemos convertir una sospecha en sentencia ni utilizar la palabra “injerencia” para desconocer anticipadamente un resultado que no nos agrade.

Una ciudadanía verdaderamente independiente debe exigir dos cosas al mismo tiempo:

Que cualquier indicio serio de financiamiento ilegal, presión internacional, desinformación coordinada o intervención extranjera sea investigado hasta sus últimas consecuencias.

Y que el voto legítimamente depositado por la ciudadanía sea contado, reconocido y respetado, sin importar quién resulte vencedor.

Defender la soberanía no consiste en sustituir la decisión del pueblo con nuestras propias preferencias. Consiste en garantizar que el pueblo pueda decidir sin amenazas, engaños ni dinero clandestino.

El poder del dinero también debe tener límites

La democracia no solamente puede ser dañada por soldados o golpes de Estado. También puede debilitarse mediante recursos económicos ocultos, manipulación digital, noticias deliberadamente falsas, presiones comerciales y campañas que aparentan ser ciudadanas cuando en realidad responden a intereses externos.

Por eso se necesitan autoridades electorales independientes, financiamiento transparente, libertad de prensa, observación imparcial y mecanismos eficaces para detectar operaciones de desinformación.

El dinero no debe tener más votos que la gente.

Ni Lula ni sus adversarios están por encima de Brasil

Este no es un mensaje de respaldo a Lula ni de rechazo automático a sus adversarios.

Todos los candidatos deben someterse a las mismas reglas. Todos deben explicar el origen de sus recursos. Todos deben respetar las instituciones electorales. Y todos deben reconocer la decisión popular cuando se conozcan los resultados legítimos.

La democracia no se demuestra solamente cuando se gana. También se demuestra aceptando responsablemente una derrota.

Una reflexión ciudadana desde Ensenada

Desde Ensenada observamos una elección que pertenece exclusivamente a los brasileños. Podemos tener simpatías, preocupaciones u opiniones, pero no nos corresponde elegir por ellos.

Lo que sí podemos hacer es defender un principio que también queremos para México: que ningún poder extranjero decida quién debe gobernarnos, qué proyecto debemos apoyar o qué rumbo debe seguir nuestra nación.

Soy un ciudadano independiente. No escribo desde la izquierda ni desde la derecha. Escribo desde la convicción de que todos los pueblos tienen derecho a gobernarse a sí mismos.

Sueño con un México soberano, democrático y justo. Pero también deseo que Brasil y todos los pueblos de América Latina puedan construir su futuro con libertad.

Que se investigue cualquier intervención demostrable.

Que se detenga el dinero ilegal.

Que se combata la desinformación.

Que se cuente cada voto.

Y que, al final, gobierne la voluntad auténtica del pueblo brasileño.

Porque la democracia puede recibir solidaridad desde el exterior, pero jamás instrucciones.

Brasil decide. El mundo debe respetarlo.

José Alfonso Ramírez
Ciudadano independiente
josealfonso.org